Un pesado silencio de saciedad descendió sobre la biblioteca, roto únicamente por el crepitar del fuego agonizante y las respiraciones irregulares de las mujeres exhaustas y utilizadas. El aire estaba cargado con el olor del sexo: salado, almizclado, primitivo. Se había impregnado en las cortinas de terciopelo, en los muebles de cuero y en la alfombra persa, ahora manchada en varios lugares.
Henry permanecía junto a la chimenea, haciendo girar perezosamente la botella vacía de vodka sobre un de