La mañana posterior a las audiencias privadas amaneció con una quietud pesada y extraña. La habitual sinfonía tropical de aves y oleaje parecía amortiguada, como si la propia isla estuviera aguantando la respiración.
Los invitados se movían por la casa principal como fantasmas, con interacciones mínimas y la mirada ensombrecida por las violaciones y revelaciones íntimas del día anterior. La villa del acantilado no había sido un simple escenario; había sido un crisol, y cada uno de ellos había s