Un pesado silencio de saciedad descendió sobre la biblioteca, roto únicamente por el crepitar del fuego agonizante y las respiraciones irregulares de las mujeres exhaustas y utilizadas. El aire estaba cargado con el olor del sexo: salado, almizclado, primitivo. Se había impregnado en las cortinas de terciopelo, en los muebles de cuero y en la alfombra persa, ahora manchada en varios lugares.Henry permanecía junto a la chimenea, haciendo girar perezosamente la botella vacía de vodka sobre un dedo. Su mirada, aguda y calculadora, recorrió su dominio. El “intercambio” había sido un éxito. Las parejas habían mezclado humillación y placer hasta que las mujeres dejaron de ser siete individuos distintos para convertirse en un único harén domesticado, sus identidades sumergidas en una experiencia compartida de degradación.Lola estaba desplomada sobre la chaise longue, con el semen de George escurriéndose de ambos orificios. Nora permanecía acurrucada junto al piano, temblando, mientras la m
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