Los ojos de George se iluminaron. Caminó con aire despreocupado hasta donde Amelia y Lola permanecían aferradas la una a la otra.
—Vosotras dos —dijo, dándole unos golpecitos juguetones en la nariz a Amelia—. Habéis sido unas chicas muy obedientes… y muy sucias. Todo un equipo.
Su sonrisa se volvió maliciosa.
—Vuestro favor… será intercambiaros.
Amelia frunció el ceño.
—¿Intercambiarnos?
George señaló al otro lado de la habitación, donde William observaba con un interés sombrío, y luego se seña