El camino hacia la villa del acantilado era una carretera empinada y serpenteante excavada directamente en la roca negra del extremo norte de la isla. El carro eléctrico subía en silencio; el único sonido era el susurro de las ruedas y el rugido omnipresente del océano, que retumbaba cada vez más fuerte abajo. La villa apareció ante sus ojos: una obra maestra brutalista de hormigón y cristal que parecía nacer del mismísimo borde del precipicio. Era imponente, inexpugnable, una fortaleza de sole