En ese instante, Julián se salió de Chloe con un chasquido húmedo y se giró. Su cuerpo, embadurnado en aceite, brillaba a la luz. Miró a Elena, y no vio a la abogada, sino a una mujer hermosa y furiosa luchando contra sí misma.
—Ven aquí —dijo, en un tono que no admitía réplica.
—Vete al carajo —escupió Elena.
Julián se movió con la rapidez depredadora del atleta que era. Cruzó la piscina de dos zancadas y la agarró con fuerza de los brazos.
—¿Quieres mandar tú? —gruñó—. Quítame de encima. Écha