El control de Elena, rearmado con tanta cautela tras lo de la sala de reuniones, empezó a resquebrajarse. La estampa, los sonidos, la absoluta y abrumadora autorización de todo aquello cayeron como un ola gigante sobre su presa. Con un sonido a medio camino entre un sollozo y un gruñido, estiró el brazo y le agarró a la asistente arrodillada un puñado de pelo. Le tiró de la cabeza hacia atrás, exponiéndole el cuello.
—¿Quieres que me dé un festín? —siseó Elena, con su compostura saltando en mil