Alistair se tumbó.
El metal frío atravesó su ropa. Con absoluta eficacia, Daddy le sujetó las muñecas y los tobillos con unas esposas de cuero suave, dejándolo encadenado en cruz sobre la mesa. La vulnerabilidad era total, aterradora y electrizante.
Daddy cogió el estetoscopio. No le puso el disco en el pecho, sino en la parte interna de la muñeca, escuchando el galope acelerado de su pulso.
—Elevado —notó con frialdad clínica, devolviéndole a Alistair sus propias palabras hacia Elena—. Anticip