El confesionario era una caja de madera pequeña y oscura, oculta en un rincón sombrío de la catedral de San Agustín. Olía a incienso viejo, a roble pulido y al rastro sutil y persistente del sudor y la vergüenza.
El padre Marcus, conocido por sus feligreses como un hombre de Dios severo pero compasivo, estaba sentado dentro, esperando. Su corazón latía con un ritmo lento y pesado en su pecho. Era pasada la medianoche, una hora en la que no había confesiones programadas, pero esa misma tarde hab