La semana siguiente fue un tormento de rituales sagrados y recuerdos profanos. El padre Marcus celebraba la misa con las manos temblorosas al elevar la hostia. Escuchaba confesiones mundanas sobre mentiras piadosas y codicia, mientras su mente reproducía una y otra vez la sensación de la estrecha y húmeda calidez de ella rodeándolo, el sabor de su cuerpo en su lengua. La veía en cada sombra de la nave, escuchaba sus gritos en el eco de los himnos del coro.
La nota llegó el jueves, deslizada ent