Los auriculares se convirtieron en un accesorio permanente, una correa tecnológica que se tensaba con cada día que pasaba.
Leila se movía por la vida como un fantasma en su propia casa, un cascarón vacío que fingía el papel de hija mientras su mente resonaba con las órdenes susurradas de su padrastro. La fachada doméstica —las cenas familiares, las noches de películas, la alegre charla de Carol— se convirtió en una pantomima nauseabunda, con Jeffrey moviendo los hilos desde las bambalinas; sus