Lo primero que la impactó fue el olor a su colonia. Era intenso, caro, y flotaba en el aire de la sala, antes tan familiar, como una amenaza o una promesa. Leila observaba desde lo alto de las escaleras, con los nudillos blancos de tanto apretar la barandilla, mientras su madre, Carol, se reía como una colegiala, colgada del brazo del hombre que ahora era su esposo. Padrastro. La palabra le supo amarga en la boca.
Se llamaba Jeffery Brin. No se parecía en nada a su padre, un hombre reservado y