La respuesta de Ava no llegó con palabras. Lo besó. Fue un beso desesperado, hambriento, de entrega total, que sabía a bourbon, a lágrimas y a una decisión inquebrantable. En él volcó cada gota de su miedo, de su desafío, de su elección.
Julian respondió con un gemido gutural de triunfo, cerrando sus brazos alrededor de ella como bandas de acero. Cuando se separaron, ambos sin aliento, los ojos de él ardían.
—Esa es mi chica.
A la mañana siguiente, a las 9:25 a. m., Ava entró en la oficina de E