Las sesiones consecutivas se convirtieron en su nueva realidad, el eje sobre el cual giraba su vida. El mundo exterior, su trabajo, sus amigos, el ritmo mundano de los días, se desvanecieron en un desenfoque gris y apagado. Lo único que conservaba color y significado eran las paredes azules de la suite, el aroma a sándalo y antiséptico, y el timbre profundo y dominante de su voz.
La sesión 4 fue un torbellino de sensaciones. Él había usado sus manos otra vez, pero de manera diferente. Empleó un