A la noche siguiente, a las 8:00 p. m., Alexa se encontraba una vez más en la suite de paredes azules. El aire se sentía más frío, impregnado de un tenue y limpio olor a antiséptico que no ayudaba en nada a calmar sus nervios. Había obedecido sus instrucciones: la suave bata de algodón iba atada holgadamente a la espalda, dejando su cuerpo desnudo y sensible debajo de ella. Cada movimiento de la tela se sentía como un susurro contra su piel, un recordatorio constante de su desnudez, de su estad