El trayecto desde se mansión hasta la cafetería fue un borrón de árboles y luces de freno. Mis dedos se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos me dolían, blancos como el hueso. Las palabras de Cristian seguían ahí, quemando: el Congreso, la tutela de mis hijos, el ritual de la Luna Roja. Para él, todo era una cuestión de herencia y manadas, pero para mí, se trataba de Mara y Mateo. Se trataba de mis hijos, de sus risas por la mañana y de su derecho a crecer sin ser propiedad de