El dolor de la mordida se transformó en una corriente eléctrica que recorrió mi columna, pero no me destruyó. Al contrario, sentí como si una venda se cayera de mis ojos. El mundo ya no era sombras y miedo; era vibración, calor y líneas de poder que conectaban la tierra con la luna.
Edno —porque ese nombre siseaba ahora en mi mente, borrando la máscara de "Rafa"— se lanzó hacia adelante, con sus fauces babeantes apuntando directamente al cuello de Mateo.
—¡No! —mi grito no fue humano.
En