Salí de la cafetería con el anillo de Rafa quemándome en la memoria como una brasa fría. Manejé a toda prisa, esquivando las sombras que los árboles proyectaban sobre la carretera, sombras que esta noche parecían cobrar vida propia. Al llegar a casa, vi las luces de la sala encendidas. Mi madre estaba allí, cuidando a Mara y Mateo, la única constante de normalidad que me quedaba.
Pero al cruzar el umbral, el olor me detuvo en seco. No olía a la cena que mi madre solía preparar; el aire estaba