El aire en el claro de los ancestros estaba tan cargado de electricidad que el vello de mis brazos se erizaba. El suelo, cubierto de musgo antiguo, parecía latir al ritmo de un corazón subterráneo. Mara y Mateo estaban sentados en el centro de un círculo de piedras rúnicas, sus ojos fijos en nosotros, calmados finalmente por la presencia de Cristian.
Él se situó frente a mí. La Luna Roja estaba en su cenit, tiñendo su piel de un tono cobrizo y peligroso. Se despojó de la camisa, revelando las