Lisa
La sala olía a café frío y a papeles viejos. Frente a mí, el oficial escribía sin mirarme demasiado, con ese gesto mecánico que tienen las personas acostumbradas a escuchar historias feas. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa y el reloj de su muñeca marcaba las ocho y algo de la mañana. No podía dejar de mirarlo, como si el tic tac me ayudara a mantenerme cuerda.
—¿Desde cuándo ocurre esto, señorita? —preguntó finalmente, sin levantar la vista de la hoja.
Tragué saliva. No sabía