La mañana empezó con la misma rutina de los últimos días: una ducha rápida, una tostada mordida a medias, las náuseas habituales del embarazo ya no tan sorpresivas, y un suspiro largo frente al espejo. Me miré, por primera vez en mucho tiempo, sin desprecio. La chica de ojos cansados, mejillas suaves y vientre redondeado no era débil… era una mujer que había resistido una tormenta.
El uniforme del café colgaba del perchero, arrugado y con olor a azúcar quemada. Me lo puse despacio, cuidando mi