Gael —ya lo llamo así en voz alta— se ha convertido en mi norte. Cada patadita suya, cada suspiro cuando me detengo a acariciar mi vientre, es una confirmación de que estoy viva, de que aún queda algo puro dentro de todo este desastre. He dejado de buscar respuestas en Ethan y empecé a encontrarlas en mí misma.
Sigo trabajando en el café. No es un gran empleo, pero al menos me da para comprar lo básico y me mantiene ocupada. Aprendí a hacer capuchinos con corazones dibujados, y una clienta me d