Los pasillos del hospital olían a cloro y ansiedad. El eco de mis pasos apresurados junto a la enfermera me recordaba que no había marcha atrás. Cada contracción era un grito sordo en mi vientre, una llamada urgente del pequeño ser que llevaba meses creciendo dentro de mí y que ahora pedía salir al mundo.
—Tranquila, Bianca. Respira —dijo Rosa, mi vecina, que me sostenía del brazo con una fuerza que contrastaba con sus años.
Intentaba obedecer, pero era difícil cuando sentías que el cuerpo ente