El olor a lluvia se colaba por la ventana entreabierta cuando cerré la caja. Los zapatos tejidos descansaban sobre la mesa del comedor, delicados, como si en ellos se guardara más que lana: se guardaba la esperanza, el amor que había tejido la abuela de Ethan hace tantos años, un amor que, de alguna forma, ahora me sostenía a mí y a la vida que llevaba dentro.
Habíamos terminado aquella conversación en silencio, con un abrazo que duró más de lo que esperaba. No era solo un abrazo de despedida;