El aire helado del amanecer se filtraba por las rendijas de la cabaña. Una bruma densa se deslizaba entre los árboles como un presagio. Allí, en medio del bosque, donde la civilización parecía un recuerdo lejano, la Rusa afilaba un cuchillo sobre una piedra. Sus ojos, vacíos de emoción, seguían cada movimiento de la hoja como si eso le diera sentido al día. No tenía reloj, ni celular. El tiempo para ella ya no existía. Solo quedaba un objetivo: Lautaro.
La cabaña era pequeña, de madera vieja y