La pantalla del celular titilaba con el brillo tenue de la madrugada. Lautaro, sentado en la cama del hotel en Lima, con el rostro medio cubierto por la sombra de la cortina, aceptó la videollamada. El corazón le latía fuerte. La ansiedad del partido se mezclaba con una inquietud más oscura, más pesada.
—Hola —dijo Erica al otro lado de la pantalla, acomodándose el pelo. Detrás de ella, Jenifer asomó la cabeza y saludó con una sonrisa.
—¿Cómo estás, mi amor? —preguntó Jenifer, y aunque su tono