El partido había terminado hace apenas una hora. Los chicos se habían duchado y cambiado, pero aún quedaban restos de transpiración, cansancio y emoción flotando en el aire. Algunos seguían en el vestuario, otros ya se habían ido a celebrar con sus familias o a casa.
Lautaro se quedó sentado en uno de los bancos de madera, con la camiseta número 10 en la mano. La apretaba como si tuviera vida, como si en esa tela estuviera guardado todo lo que había vivido ese día. No había jugado, pero sentía