El eco de las últimas ovaciones aún vibraba en los oídos de Gabriela. Esa noche en la escuela había sido mágica, pero la realidad golpeaba de nuevo.
Lautaro no podía caminar bien. El dolor en su tobillo era insoportable. Lo habían llevado al médico esa misma noche y las palabras fueron un puñal para él: esguince moderado, dos semanas sin actividad intensa. Dos semanas sin fútbol.
Gabriela lo miraba desde el umbral de la habitación mientras él yacía en la cama, con una bolsa de hielo sobre el to