El aire aún vibraba con la electricidad del enfrentamiento, cargado del aroma dulzón y embriagador del calor de Lana. Vincent la veía temblar; sus ojos brillaban con una mezcla de miedo y una confusión que le partía el alma. Cada fibra de su ser, cada instinto, le gritaba que cerrara la distancia, que la tomara en sus brazos y reclamara lo que, por derecho de destino, siempre había sido suyo.
Pero la expresión de su rostro, la angustia pura en su mirada, fue un balde de agua helada. Él había si