La habitación estaba en penumbra, con apenas la luz de la luna filtrándose por la ventana. Alessandro permanecía sentado en la cama, los vendajes aún rodeándole la frente y los brazos, pero su postura era rígida, como si cada músculo de su cuerpo estuviera tenso, esperando un ataque que no llegaba. Rose se encontraba a su lado, cuidando el agua del vaso y ajustando las almohadas con delicadeza. Cada movimiento suyo parecía una súplica silenciosa, una oración que esperaba ser escuchada.
—Buenos