El sol comenzaba a ponerse en Milán, tiñendo de naranja los tejados y reflejándose en los charcos que la lluvia de la mañana había dejado en el zoológico. Rose caminaba junto a Lorenzo, admirando cómo los flamencos se agrupaban en círculos perfectos y cómo los monos jugaban entre ellos, ignorando por completo a los visitantes. La tranquilidad del momento contrastaba con la inquietud que se arremolinaba en su pecho: Alessandro seguía ocupando su mente, aunque había intentado dejarlo de lado dura