Salí del cuarto con los hombros temblando, intentando contener las lágrimas que ardían en mis ojos. Cada paso resonaba en el pasillo silencioso del hospital, y el eco parecía burlarse de mi dolor. Sentí que el aire se hacía más denso a cada metro, como si cada respiración me recordara lo que estaba perdiendo. Me apoyé contra la pared, tratando de recomponerme, pero era inútil. Cada recuerdo, cada gesto de Alessandro, me perseguía como un fantasma imposible de sacudir.
—Rose —escuché una voz de