La mansión Vescari resplandecía como una joya encendida en medio de la noche invernal.
Las luces navideñas no solo decoraban la fachada: la abrazaban. Columnas de mármol envueltas en guirnaldas doradas, balcones cubiertos de ramas de pino natural y lazos rojos de terciopelo, ventanas iluminadas desde dentro como si cada habitación guardara un secreto cálido.
La nieve caía lentamente, silenciosa, mientras los autos de lujo llegaban uno tras otro. Los portones de hierro se abrían con solemnidad, y los mayordomos, perfectamente alineados, recibían a cada invitado con una inclinación respetuosa.
Dentro, el aire olía a canela, vino especiado y madera antigua.
—Todo debe ser perfecto —ordenó el mayordomo principal en voz baja—. Es Navidad para los Vescari.
Las sirvientas se movían como sombras elegantes, cargando bandejas de plata con copas de cristal, ajustando centros de mesa, encendiendo velas. El gran salón principal estaba dominado por un árbol gigantesco, decorado con adornos antiguo