El apartamento de Alessandro en Roma se alzaba como un santuario de orden y lujo. Las paredes blancas brillaban bajo la luz tenue de las lámparas modernas, mientras los ventanales amplios dejaban entrever la ciudad en un lienzo de tonos cálidos al atardecer. Cada objeto, cada mueble, estaba dispuesto con precisión milimétrica, reflejo de la vida calculada y controlada de Alessandro. Sin embargo, aquella perfección no podía borrar la sensación de vacío que lo envolvía desde hacía semanas.
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