Calle del centro. Atardecer a eso de las 4 pm.
Dalia salió del edificio de Pardo con la carpeta apretada contra el pecho y la migraña latiéndole en las sienes como un martillo. La luz del atardecer, que normalmente le parecía cálida, ahora le clavaba agujas en los ojos. Caminó unos pasos, tambaleándose ligeramente, y se detuvo junto al bordillo, buscando en su bolso el teléfono para pedir un taxi.
Entonces lo vio.
Un coche negro, impecable, se detuvo frente a ella. El motor ronroneaba con la el