El coche se detuvo en el acceso privado del edificio. Andrea, Dalia, Damián y Lucas subieron en el ascensor privado en un silencio tenso. Leo seguía dormido en brazos de Dalia, ajeno a la tormenta que se cernía sobre ellos.
Cuando las puertas se abrieron, el salón estaba iluminado por la luz cálida de las lámparas. Y en el centro, de pie junto a la mesa del comedor, con los brazos cruzados y una expresión de impaciencia mal contenida, estaba Matías Rossi.
Se había cambiado la chaqueta de cuero