El coche negro se deslizaba por las calles de la ciudad con los cristales ahumados, ocultando a sus ocupantes de las miradas indiscretas. Leo dormía plácidamente en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en el regazo de Dalia, ajeno a las conversaciones que se tejían a su alrededor.
Dalia miró por la ventanilla y luego se volvió hacia Andrea.
—Tengo que ir al Jardín Secreto. Es el lugar donde siempre quedamos con Maite. No aceptará reunirse en otro sitio.
Damián, desde el asiento del copilot