La tarde caía sobre la nave industrial, tiñendo de naranja los cristales rotos de las ventanas. Leo dormía plácidamente en su moisés improvisado, con un biberón medio vacío junto a su mejilla. El silencio solo se rompía por el leve chirrido de las poleas del techo y el respiro profundo de Dalia, que acababa de completar su quinta serie de flexiones.
Draco la observaba desde la mesa plegable, con los brazos cruzados sobre el bastón.
—Descansa —ordenó— No se gana nada machacando los músculos si l