El rugido del motor del El Lincoln negro de Killian era el único sonido que desafiaba el silencio sepulcral de la carretera costera.
Los faros cortaban la neblina de Long Island como dos sables de luz blanca, mientras Aria se aferraba a la manija de la puerta, sintiendo cómo la velocidad la pegaba al asiento de cuero.
Todavía llevaba la máscara de la Bóveda en la mano, como un recordatorio físico de que su vida se había convertido en un peligroso baile de disfraces y muerte.
— Vas a matarnos —