El agarre de Killian en su brazo era de hierro, pero sus dedos temblaban con una vibración que Aria no supo descifrar hasta que descendieron a la bodega de la mansión.
El aire allí abajo era rancio, cargado del olor a roble antiguo y a humedad subterránea, no hubo gritos, ni reproches estridentes. Solo el sonido de la puerta pesada cerrándose y el clic definitivo de la cerradura.
Killian la empujó suavemente contra una hilera de estantes de vino, acorralándola entre su cuerpo y la madera fría,