. 113 El Juicio Final De Alistair
La sala de audiencias del Distrito Sur de Nueva York no era el escenario de una batalla física, sino de un desmantelamiento moral.
El aire era pesado, cargado con el olor a madera vieja, cera y el susurro constante de los taquígrafos que registraban la caída de un ídolo de barro.
Aria Vanderbilt entró en la sala con una calma que no sentía en el pecho, pero que proyectaba con cada paso. Vestía un traje sastre de seda color perla; ya no era la fugitiva que corría bajo la lluvia en los Alpes, sin