El estruendo no fue un crujido sordo y profundo, como si la tierra misma estuviera masticando el hormigón.
Tras el último aliento de Silas, el búnker comenzó a exhalar nubes de polvo de cemento, las luces halógenas parpadearon antes de estallar, dejando el pasillo sumido en un resplandor rojo de emergencia que giraba frenéticamente.
— ¡Aria, muévete! — gritó Killian, su voz rasgando el aire saturado de ozono.
No hubo tiempo para mirar atrás. Killian la tomó de la mano, y por primera vez, no fue