El viento de los Hamptons ya no soplaba con la violencia de las tormentas pasadas; esta noche, traía consigo el aroma de la sal y el jazmín.
Sobre el acantilado donde antes se erguía una propiedad sombría y cargada de secretos, ahora brillaba una estructura de cristal y madera recuperada.
Aria había decidido bautizar su sueño con un nombre que honrara el presente, L’Aube, El Alba.
No era solo un restaurante, era la prueba física de que la luz siempre encuentra una grieta por donde filtrarse.
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