LA PROPUESTA

Capítulo 5

Desperté envuelta en sábanas suaves. Un dolor punzante me atravesaba la cabeza. Parpadeé varias veces, intentando ubicarme, hasta que los recuerdos de la noche anterior llegaron a mí como un balde de agua fría.

Luciano apareció en la puerta del dormitorio, impecable a pesar de la hora, con una taza de café en la mano y una sonrisa en los labios.

—¿Cómo dormiste, preciosa? ¿Cansada?

Me levanté de golpe, sujetando la sábana contra mi pecho. El corazón me latía con fuerza. Empecé a recordar fragmentos: el beso desesperado, sus manos apretando mi cuerpo contra la pared, la forma en que me había desahogado entre lágrimas y alcohol.

Mire la ventana, ya era tarde en la noche.

—¿Qué pasó entre nosotros? —pregunté, sin atreverme a mirarlo a los ojos.

Luciano se acercó y se sentó en el borde de la cama. Su voz era divertida.

—Bueno… vinimos a la cama, te sentaste sobre mí, me bajaste los pantalones y me prometiste la mejor felación de mi vida…

—¡Por favor, no! —lo interrumpí, horrorizada. Me levanté de un salto, tambaleándome, casi tirando la taza de café—. Fue un error… Yo… no era yo. El alcohol…

Luciano soltó una risa y me tomó las manos con delicadeza. Acarició mi mejilla marcada con el pulgar, mirándome con una ternura.

—No pasó nada, Paulina —dijo con seriedad—. Estabas muy ebria. Jamás me aprovecharía de ti, aunque me muera de ganas de hacerte el amor.

Sus palabras me pusieron nerviosa. Sentí que el rubor subía por mi cuello. Me arreglé el cabello como pude, cubriendo mi cicatriz, y le pedí que me llevara a casa.

Durante todo el trayecto manejó en silencio, respetando mi espacio. Cuando ya estábamos cerca, tomó mi mano con suavidad.

—¿Qué vas a hacer con Daniel?

Negué con la cabeza, mirando por la ventana.

—No lo sé… Pero no quiero volver a verlo. Sus engaños, sus mentiras… ya no puedo más.

—Nunca te va a faltar nada —dijo con firmeza—. Te daré una mensualidad generosa. Si quieres, te consigo un lugar seguro lejos de él y…

Lo interrumpí apretando su mano.

—Gracias, Luciano. Pero esta vez necesito solucionar mi vida sola. Cuando mis padres murieron, permití que Daniel tomara el control de todo. No voy a cometer el mismo error otra vez.

Me ofreció de nuevo el puesto de asistente. Dijo que sería una gran oportunidad para los dos. Después de pensarlo unos segundos, asentí.

Cuando llegué a casa, Daniel estaba histérico. Apenas crucé la puerta, me agarró con fuerza de las muñecas, clavándome los dedos.

—¡¿Crees que así se comporta una mujer decente?! —me gritó, con el rostro rojo de furia—. ¿Dónde carajos pasaste la noche?

Antes de que pudiera responder, Noelia salió de la cocina como si fuera la dueña de la casa. Llevaba un delantal y una sonrisa triunfante.

—Ya preparé algo de comer —anunció con dulzura—. No te hice para ti, Paulina. Supongo que donde estabas te dieron de cenar.

La miré en silencio. El dolor, la humillación y la rabia se mezclaron en mi pecho.

—Buen provecho —fue lo único que dije.

Me solté del agarre de Daniel y subí las escaleras hacia mi habitación, sintiendo sus miradas en mi espalda.

Cerré la puerta, me apoyé contra ella, luego me acerqué al espejo, esa maldita cicatriz había matado quien era yo, pensé en la antigua Paulina, la divertida, la segura.

Tenía que volver a ser ella.  

Me quedé en el pasillo escuchando su conversación sin que lo supieran.

—Mi amor está situación es incómoda, embarazame rápido y la sacas de tu vida —le pedía Noelia.

—Tengo que asegurar nuestro futuro, si la embarazo mi abuelo me dará todo, el la quiere y un nieto de su vientre sería lo mejor —Daniel hablaba con esa ambición en su tono —Despues, la llevaré a vivir lejos, y tu y yo cuidaremos de mi hijo para que sea un hombre criado en la élite.

Me tape la boca para no llorar, no solo me usaría para darle un hijo, si no que me lo quitaría.

La idea de venganza era lo único que ocupaba mi mente ahora. Daniel se había burlado de mí durante años, se había aprovechado de mi dolor y mi vulnerabilidad, convirtiéndome en su títere. Era momento de cortar las cuerdas.

Esa noche, cuando subió a la habitación, aún traía el olor del perfume de Noelia.

—Noelia se fue muy triste por tu actitud —dijo enojado.

Lo miré fijamente, con los ojos llenos de lágrimas que ya no eran de tristeza, sino de rabia.

—¿Es tu amante? —pregunté sin rodeos.

—¡Deja de decir niñerías! Es solo una amiga —respondió con fastidio.

Por supuesto que no lo admitiría. Jamás permitiría que su perfecta mentira se derrumbara.

—¿Y qué pasaría si yo me vuelvo tan “amiga” de Luciano como tú lo eres de Noelia? —pregunté irónica.

Si expresión cambio de inmediato. Me agarró del cuello con fuerza, presionando lo suficiente para que sintiera sus celos.

—No digas estupideces —gruñó cerca de mi rostro—. Luciano es mi rival antes que mi tío. Nunca te perdonaría que te acercaras a él… y mucho menos que el tenga un heredero antes que a nosotros.

Me solté de su agarre con un movimiento brusco y lo miré con frialdad.

Intento besarme, convencerme de hacer el amor para empezar con la tarea de tener un hijo, me aleje de él asqueada.

Dormí en la habitación de huéspedes esa noche. No pensaba permitir que me tocara, mucho menos que intentara embarazarme solo para ganar su maldita competencia.

Sus palabras, sin embargo, se quedaron clavadas en mi mente. Sabía exactamente cuál sería la herida más fuerte: perder frente a Luciano. Que su tío le quitara todo lo que tanto deseaba.

Él me las iba a pagar.

Ya no sería la misma tonta quebrada de los últimos cinco años. Tenía que despertar.

Antes de dormir, tomé del buró la foto de mis padres. La acaricié con ternura y, les pedí su fuerza. Mi travesía estaba a punto de comenzar.

Muy temprano me arreglé con esmero. Elegí un vestido elegante, me maquillé y salí de la casa sin decir una palabra.

—¡Ya te dije que no quiero que trabajes! —me gritó Daniel desde el pasillo.

No respondí. Agarré mi bolso y mientras bajaba las escaleras, aún podía escucharlo gritar preguntando dónde estaban sus cosas y qué había para desayunar. Un hombre inútil que había dependido de mí durante años y que ahora tendría que arreglárselas solo.

Llegué a la oficina del corporativo. Luciano ya estaba trabajando. Al verme, levantó la mirada y sonrió.

—Me alegra que hayas decidido aceptar el trabajo. Es lo mejor que te puede pasar ahora.

Cerré la puerta detrás de mí. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía que me iba a estallar. Me acerqué a su escritorio con las piernas temblando y lo miré directamente a los ojos.

—Eres un hombre de negocios —dije, con la voz temblorosa—. Y vengo a proponerte uno.

Luciano dejó el bolígrafo a un lado y se recostó en su silla, cruzando los brazos con curiosidad.

—Te escucho.

Respiré profundo. No sabía si estaba loca

o si la rabia me había nublado la razón, pero estaba segura de que esta era mi mejor jugada.

—Quiero que me embaraces.

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