Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 6
Luciano abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué acabas de decir?
—Quiero que me embaraces —repetí, con la voz más firme de lo que esperaba.
Él soltó una carcajada, convencido de que se trataba de una broma. Pero cuando vio la seriedad en mi rostro, su expresión cambió por completo.
—Paulina… yo…
—Escúchame —lo interrumpí—. Daniel y tú necesitan un heredero. Yo te lo daré. Si me embarazas, tú te quedarás con el control del corporativo y yo aseguraré el futuro de mi hijo.
Luciano me tomó de la mano con suavidad, me guio hasta la silla frente a su escritorio y me sirvió un vaso de agua.
—Paulina, lo que estás diciendo es una locura.
—Lo sé. Y solo alguien tan desesperada como yo podría proponerla. Si Daniel se queda con todo, tomará represalias contra los dos. Lo escuché hablando con Noelia… me quitará a mi bebé y me hará desaparecer. No puedo permitirlo.
Luciano se levantó y caminó hasta el minibar. Se sirvió un vaso de whisky y lo bebió de un solo trago.
—Es un maldito —gruñó —¿Y si lo dejas?
—No me dejará en paz —continué—. Estoy segura de que, al irme embarazara a Noelia, se quedará con el corporativo y me encontrará. Mi única oportunidad es que tú seas el heredero. Y para eso necesitas un hijo.
Se quedó en silencio varios segundos, procesando mis palabras. La tensión en la oficina era palpable.
—¡Acepta! —exclamé, levantando la voz—. Noelia es el plan B de Daniel. Y por lo que vimos ayer, no tardará mucho en embarazarla.
—¿Qué pasará cuando se entere? El abuelo me verá como un traidor —dijo Luciano con el ceño fruncido.
—Yo hablaré con él cuando llegue el momento —respondí, extendiéndole la mano—. ¿Es un trato?
Luciano me miró fijamente. Una sonrisa coqueta y peligrosa se dibujó en sus labios. En lugar de estrechar mi mano, me tomó de la cintura con fuerza y me atrajo hacia él.
—Creo que este trato en específico no debería cerrarse con un simple apretón de manos.
Me levantó sin esfuerzo y me sentó sobre el escritorio, barriendo con el brazo todo lo que había encima. Papeles, bolígrafos y carpetas cayeron al suelo.
Me besó con intensidad. Sin embargo, yo estaba tan nerviosa que me puse rígida, sin saber cómo responder.
Luciano se apartó y sonrió con picardía.
—¿Quieres que sea tu amante y te embarace pero no puedes ni besarme?
—Esto es nuevo para mí… No sé cómo actuar —admití, avergonzada.
Instintivamente, me cubrí la cicatriz con el cabello. Luciano apartó los mechones con delicadeza y los colocó detrás de mi oreja.
—No te escondas de mí —susurró. Bajó la cabeza y comenzó a besarme el cuello con lentitud—. Cierra los ojos. Dime… ¿cuál ha sido tu momento más excitante? Imagínalo.
Obedecí. Y la primera imagen que llegó a mí con fuerza fue aquella noche, cinco años atrás.
Esa escena del dormitorio cuando el pensaban en mi mientras se masturbaba
—Paulina…,mi Paulina… —susurraba con los ojos cerrados, perdido en el placer.
En mi fantasía, Luciano abría los ojos, sorprendido, pero no se detenía. Al contrario, su mirada se volvía más oscura.
Me acercaba lentamente, sin decir nada. Me arrodillaba entre sus piernas, apartaba su mano y tomaba su miembro con la mía.
—Déjame ayudarte… —susurraba yo en la fantasía, antes de inclinarme y tomar su glande entre mis labios.
Me mojé casi al instante. Luciano lo notó. Una sonrisa llena de deseo y satisfecha apareció en sus labios antes de besarme con pasión.
Esta vez no me quedé rígida. Devoré su boca con una intensidad que ni yo misma sabía que aún poseía. El deseo me dominaba por completo, como si todos los años de represión hubieran estallado de golpe.
Su mano se deslizó bajo mi vestido con lentitud. Apartó mi tanga a un lado con dos dedos y rozó mi humedad. Solté un gemido ahogado contra sus labios.
—¿Qué haces? —susurré, sorprendida, aunque una sonrisa traicionera se dibujaba en mi boca.
—Me gusta cerrar los buenos negocios dándole un adelanto a mi socia —murmuró con voz ronca.
Bajó los tirantes de mi vestido y mis senos quedaron expuestos ante él. Sin apartar sus ojos de los míos, inclinó la cabeza y capturó uno de mis pezones con la boca, succionándolo mientras sus dedos me acariciaban, entrando y saliendo de mi interior.
Mis gemidos suaves llenaban la oficina.
En ese preciso momento, mi teléfono sonó.
Luciano lo agarró y miró la pantalla, una sonrisa perversa se dibujó en su rostro. Era Daniel. Sin dudarlo, contestó y, antes de que pudiera protestar, colocó el teléfono contra mi oreja.
—¡¿Dónde carajos estás, Paulina?! —gritó Daniel al otro lado.
Yo intenté controlar mi respiración, pero los dedos de Luciano no se detuvieron. Al contrario, los hundió más profundo.
—Yo… mmm… estoy… —apenas podía formar una frase.
—¿Qué m****a te pasa? ¿Donde esta mi camisa favorita? —Daniel sonaba cada vez más irritado—. No hagas que me aburra de ti, Paulina. Nadie más te va a querer con esa puta cicatriz en la cara.
Luciano aceleró el movimiento de sus dedos, presionando mi punto más sensible mientras su boca bajaba de nuevo a mis pechos. Sentí que el orgasmo se acercaba.
—S-sí… lo que digas… —logré balbucear.
—No quiero que sigamos peleando —continuó Daniel, intentando sonar conciliador—. Solo vuelve a ser la esposa que amo, la de antes. ¿Puedes hacer eso por mí?
Ya no pude contenerme. El placer me atravesó y solté un gemido largo y profundo que me salió del alma:
—Ahhh… ¡Dios!
—¿Qué fue eso? —preguntó Daniel, alterado—. ¿Paulina? ¿Qué está pasando?
Luciano seguía moviendo sus dedos sin piedad, prolongando mi orgasmo mientras besaba y mordía mi cuello. Tuve que morderme el labio con fuerza para no gritar más.
—Me… me pegué con algo… —mentí con la voz entrecortada—. Hablamos… después.
Luciano colgó la llamada sin decir nada más. Me miró con una sonrisa peligrosa, mientras yo aún temblaba por el orgasmo.
—¿Estás loco? —susurré, todavía agitada—. Podría habernos escuchado…
Me agarró del mentón con firmeza y me besó con deseo.
—Desde hoy empezaste a jugar con fuego, Paulina. Te lo advertí. Ya no hay marcha atrás.







