DOLOROSA VERDAD

Capítulo 4

Daniel se quedó mirándome, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Luego soltó una carcajada.

—¿Divorcio? —repitió, acercándose más—. Ni lo sueñes, Paulina. Deja de decir tonterías. Tú no tienes nada. Ni dinero, ni familia, ni adónde ir. ¿Crees que alguien te va a querer así como estás? —Señaló con desprecio mi cicatriz—. Eres mía. Y te vas a quedar aquí hasta que yo diga lo contrario.

Sentí que algo se rompía dentro de mí, pero ya no podía callar.

—¿Y Noelia? —pregunté, con la voz temblorosa —. ¿Es tu amante, verdad? Por eso siempre la defiendes. Por eso le das todo lo que me quitas a mí.

Me agarró de la barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo.

—¿Estás loca? ¿Ahora también vas a empezar con tus paranoias? Noelia es una amiga de la familia, nada más. Sigues siendo la misma estúpida celosa.

Me soltó con asco y empezo a caminar de un lado a otro.

—Estoy cansada, Daniel —dije, sintiendo cómo las lágrimas bajaban por mis mejillas —. Cansada de las humillaciones, de que me traten como basura. Quiero el divorcio.

Él se acercó a mí y me tomó las manos.

—Paulina… mi amor, entiendo que estés molesta. He estado muy estresado con el trabajo y con toda la presión del abuelo. Pero voy a cambiar, te lo prometo. —Su voz se suavizó —. Intentemos tener el hijo que nos pide el abuelo. Formemos una familia de verdad. Tú y yo. 

Lo miré en silencio. Sus palabras ya no me conmovían.

Sin responderle, me di la vuelta, me quité los zapatos y me metí en la cama. Me cubrí hasta los hombros y le di la espalda.

Escuché cómo suspiraba detrás de mí. Después de unos minutos, apagó la luz y se acostó en su lado de la cama.

Pero yo no pude dormir. Las palabras de Noelia, la bofetada de Daniel, la mirada de Luciano… todo daba vueltas en mi cabeza.

Y por primera vez en mucho tiempo, una idea comenzó a formarse:

Tenía que salir de allí.

A la mañana siguiente salí de la casa un par de horas después que Daniel se fue a la oficina. No quería enfrentarlo otra vez. Llegué a las oficinas centrales del corporativo Bustamante.

Apenas crucé el elegante vestíbulo, escuché su voz detrás de mí.

—Paulina.

Luciano estaba de pie junto al ascensor privado, impecable en un traje negro. Me miró con esa intensidad que me ponía nerviosa.

—Llegas justo a tiempo. Tengo varios informes pendientes y necesito que revises los balances de las filiales europeas. Vamos a mi oficina.

Bajé la mirada, apretando el bolso entre mis manos.

—No voy a trabajar contigo, Luciano. Lo siento.

Él frunció el ceño y se acercó un paso.

—¿Cómo dices?

—Mi lugar está en mi hogar —respondí con voz baja —. Es mi deber como esposa. No voy a desobedecer a Daniel.

Luciano soltó una risa tensa.

—¿Tu deber? No me vengas con esa m****a, Paulina. No puedes seguir dejando que Daniel te manipule como si fueras su maldita marioneta.

—No es tu problema —repliqué, sintiendo cómo se me ponía la cara roja—. A ti no te interesa lo que pase en mi matrimonio.

Antes de que pudiera reaccionar, me agarró de la muñeca con fuerza y comenzó a caminar por el pasillo.

—Suéltame —protesté, forcejeando—. ¡Luciano, déjame!

No me escuchó. Me arrastró hasta la sala de juntas que estaba justo al lado de la oficina principal de Daniel. Abrió la puerta con brusquedad y me empujó dentro, cerrándola tras nosotros.

—Escúchame bien —gruñó, acorralándome contra la pared—. No voy a permitir que sigas destruyéndote por ese imbécil.

Intenté liberarme, pero entonces lo escuché.

Gemidos.

Gemidos que venían del despacho de Daniel, cuya puerta comunicaba directamente con la sala de juntas y estaba entreabierta.

Me quedé helada. Luciano lo sabia.

Con el corazón latiéndome en la garganta, me acerqué lentamente a la rendija de la puerta. Lo que vi me destrozó por completo.

Daniel tenía a Noelia inclinada sobre su escritorio, desnuda. La falda estaba subida hasta la cintura y sus tacones apenas tocaban el suelo. Él la penetraba con fuerza desde atrás, sujetándola por las caderas con ambas manos. Cada embestida era dura haciendo que el cuerpo de Noelia se sacudiera contra la madera.

—Ahh… Daniel… sí, así… —gemía Noelia sin ninguna vergüenza, con la voz entrecortada de placer—. Más fuerte, mi amor…

Daniel la agarró del cabello y tiró de su cabeza hacia atrás, acelerando el ritmo.

—Tú eres mi mundo, Noelia —gruñó entre dientes, con la voz ronca de excitación—. Siempre lo has sido… Tú eres la que me haces sentir vivo.

Noelia soltó una risa que se convirtió en otro gemido largo.

—Dime que vas a dejarla… —suplicó ella entre jadeos—. Dime que pronto seré yo la que esté en tu cama todas las noches…

—Callate —respondió él, follándola con más violencia— Eres mía.

Me llevé una mano a la boca para no hacer ruido. Sentí que el mundo se derrumbaba bajo mis pies. Las lágrimas me nublaron la vista.

Luciano, a mi lado, había visto lo mismo, apenas llevaba un día en la empresa y ya sabía, la estúpida que no quería verlo era yo.

—No puedo estar aquí… —susurré con la voz rota, tapándome la boca mientras las lágrimas caían sin control—. Por favor, Luciano… sácame de aquí. No quiero seguir en este lugar ni un segundo más.

Luciano no dudó. Me tomó del brazo con con cuidado y me sacó de la sala de juntas. Atravesamos los pasillos sin decir una palabra. 

Minutos después, estábamos en su auto, y luego subiendo al ascensor privado de su penthouse en uno de los edificios más altos de la ciudad.

El lugar era exactamente como esperaba: moderno, lujoso y frío. Me dirigí directamente al mini-bar, tomé una botella de whisky sin pedir permiso y me serví un vaso lleno. Luego otro. Y otro más.

Luciano me observaba en silencio desde el otro lado de la sala.

—No deberías beber así —dijo finalmente.

—No me digas qué debo hacer —respondí con amargura, antes de dar otro trago largo.

Me dejé caer en el sofá, con la botella aún en la mano. Las lágrimas seguían cayendo.

—Estoy tan cansada, Luciano… —sollocé—. Tengo miedo todo el tiempo. Miedo de que nunca pueda salir de esta jaula. Perdí a mis padres, perdí mi cara, perdí todo lo que era… y ahora ni siquiera tengo dignidad.

Tomé otro trago. El alcohol empezaba a nublarme la mente, pero también soltaba lo que había guardado durante cinco años.

—Esa noche… antes de la boda… te vi —confesé, mirándolo con los ojos —. En mi habitación. Estabas sentado en mi cama, con mi bata de pijama en tus manos… masturbándote mientras decías que me deseabas.

Luciano se puso pálido.

—Te desee tanto… —continué, con la voz temblorosa—. Y yo me quedé ahí, mirándote. Hipnotizada. Asustada. Si hubiera entrado en ese momento… si te hubiera ayudado a terminar… quizás todo habría sido diferente. Tal vez no me habría casado con Daniel. Tal vez no habría perdido todo.

Me levanté tambaleándome y me acerqué a él. Sin pensarlo dos veces, tomé su rostro entre mis manos y lo besé.

Fue un beso desesperado, borracho, reprimido. Luciano se tensó al principio, pero luego respondió con intensidad. Sus manos bajaron hasta mi cintura, luego más abajo, agarrándome el trasero con posesión. Me empotró contra la pared.

—No quieres jugar con fuego Paulina, porque nos incendiamos —suspiro besando mi cuello.

—Es lo que quiero.

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