Diego levantó despacio la cabeza y la miró. A la luz de la vela, el rostro de Gloria estaba sereno y distante, con un leve rastro de aversión.
Ya no había en él la antigua docilidad ni la paciencia con que soportaba todo. Mucho menos aquel amor oculto que él había imaginado. Solo quedaba una indiferencia absoluta.
Por fin lo comprendió con total claridad: la había perdido para siempre.
Se apoyó en el borde de la cama y se levantó con dificultad. La miró una última vez, como si quisiera grabar su