El aire en Liria se había vuelto espeso desde la visita al Inframonte. Las nubes no se movían, los árboles murmuraban nombres y los pájaros evitaban sobrevolar el castillo. La Luna roja no había desaparecido del cielo desde entonces.
Y en las noches, Serena no soñaba: revivía.
Estaba en un campo lleno de ceniza. La luna brillaba, enorme, pero no roja. Era blanca… casi dorada. Frente a ella, una mujer de cabello castaño claro, idéntica a Serena, alzaba una espada hecha de hueso y cristal, cubier