La niebla descendía temprano en los días posteriores al juramento colectivo. El aire en torno al templo ya no olía a ceniza, pero tampoco a calma. Era como si el mundo estuviera conteniendo el aliento antes de un juicio final que nadie se atrevía a nombrar.
Sariah pasaba las madrugadas de pie frente al Árbol del Tiempo, observando cómo el nuevo brote, nacido de la sangre compartida, crecía más rápido de lo esperado. Pero en las madrugadas más frías, sus hojas temblaban… como si algo invisible s