Diez segundos.
Ese era el tiempo que Bryan tenía para escribir su destino. En cuanto la luz del collar se pasó a verde, el mundo dejó de moverse a velocidad normal. Para Bryan, el coronel Vance se movía en cámara lenta, su mano aún a medio camino de la jeringa.
El lobo, liberado de su jaula eléctrica, no rugió. Atacó.
Bryan se movió muy rápido. En un segundo, estaba de pie. En dos, había cruzado la celda. En tres, su puño impactó contra la cara de Vance con el sonido de huesos rompiéndose. El c